Yo soy uno de los que cree en el mal. Incluso podría llegar a decir que creo en el Mal. Por muchas razones desde lo metafísico a lo trivial. Muchas metafísicas no pueden verse cara a cara con el mal por la sencilla razón de que postulan unas razones de fondo, quizá una teleología. Lo que existe, dice el principio de razón suficiente, debe existir por alguna causa. Y dado el fin, se justifica el trayecto. Aunque sea traumático. Sabemos (¿sabemos?) que hay un orden. Si es un laberinto, dijo el maestro Borges, entonces tiene un centro. Las metafísicas del final feliz lavan la sangre en las manos de los actores. Y de paso permiten a ciertos actores privilegiados, los esclarecidos, erguirse por encima de los demás.
El esclarecido sabe que hay algo mal en el mundo. Y puede erguirse por encima de los demás porque tiene el horizonte moral como fondo y perspectiva. Puede señalar con dedo acusador. El esclarecido es moralista y el mundo es corrupto porque no se acomoda a su visión lúcida. El horizonte moral es siempre teleológico y utópico, no está en ningún lado, pero promete la redención. Y como la posibilidad se encuentra a la vuelta de la esquina siempre es necesario el rechazo de lo inmediato o el apuro de la llegada, si las condiciones se vislumbran como cercanas. Bernard-Henry Levy ha señalado la operación de convertir la política en clínica. Dado que el mundo está enfermo hay que extirpar sus cánceres. Y como la historia suele mostrar a raudales, el hilo siempre se corta por lo más fino. En el filo del tránsito a la utopía muchas veces se pueden oír los quejidos de las víctimas y el olor aspero de las fosas comunes y los fuegos de la desmemoria.
El esclarecido y el dubitativo creen en el mal. Pero existe una diferencia no trivial: el esclarecido cree en la exhorcización terapéutica del (transitorio) mal. En la épica de la reconciliación, para darle un nombre nuevo a la ilusión de comprender el movimiento de la totalidad (lo que quiera que ello signifique,si es que algo). El dubitativo cree en un mal metafísico, intrínseco, que jamás, jamás, estará seguro de hacer retroceder. Sabe que las consecuencias no están en sus manos ni a su vista. No cree posible la reconciliación absoluta y carece, o combate, todo instinto de redención. Es pedestre. Tiene tantas ganas como el esclarecido, pero no le perdona su convicción monolítica. Nunca caminará sobre un cadáver para hacer avanzar la historia.
viernes 25 de septiembre de 2009
lunes 13 de julio de 2009
Ganancias y pérdidas
Cuando todavía era muy joven hice mis primeras incursiones sistemáticas en la historia. Me sentía particularmente fascinado por la historia económica, y en especial por la transición desde las sociedades primitivas y tradicionales hasta los modernos estados nacionales de matriz económica capitalista. Cuando comenzaron los síntomas de la actual crisis financiera mundial, y los gobiernos tomaron las primeras medidas, emergieron de forma automática en mi mente antiguas lecturas. Dejo tan sólo una pequeña cita:
"El capitalismo se basa en la constante absorción de las pérdidas económicas por las entidades políticas, mientras que las ganancias económicas se distribuyen entre manos "privadas""
Immanuel WALLERSTEIN
El moderno sistema mundial - I
La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI
S.XXI, México (1996); pp. 491.
Cada uno saque sus propias conclusiones...
"El capitalismo se basa en la constante absorción de las pérdidas económicas por las entidades políticas, mientras que las ganancias económicas se distribuyen entre manos "privadas""
Immanuel WALLERSTEIN
El moderno sistema mundial - I
La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI
S.XXI, México (1996); pp. 491.
Cada uno saque sus propias conclusiones...
jueves 28 de mayo de 2009
Popular y populista
Hay toda una serie de discusiones eruditas y académicas en danza acerca del populismo. Pero en este momento no tengo intenciones de referirme a eso. Me gustaría más bien escribir unas pocas palabras acerca del populismo barato.
Con la expresión populismo barato quiero referirme a las personas, en particular políticos, dirigentes sociales y académicos trasnochados, que no paran de lavarse la boca con la palabra y el concepto de pueblo. Mucho podría decirse acerca del tópico, pero no encuentro en este momento el tiempo ni las ganas para extenderme en ello, aunque estoy seguro de que en algún momento haré el esfuerzo necesario. Las expresiones el pueblo o la gente se repiten tanto en ciertas bocas que hacen sospechar. En el léxico de los mediatiqueros vulgares se habla de "la gente" para dar rienda suelta a las trivialidades más ridículas. Es, por lo tanto, una licencia para hablar giladas.
El uso de "pueblo", en cambio, suele ser más sutil y perverso. Se usa, comunmente, para encriptar las propias ideas o conveniencias bajo el ropaje de lo que presuntamente es conveniente para todos. En manos de políticos hábiles es un arma muy peligrosa, y entre las utilidades más siniestras está su uso para el lavado de cerebro de incautos.
Lo que digo se basa en razones muy simples y sencillas. Si alguien quiere beneficiar al pueblo hay cosas importantes por hacer, y los resultados son perceptibles a simple vista. No hay que doctorarse en sociología para mirar alrededor y ver los resultados. Y mucho menos escapan a la vista si uno hace un análisis un poco más fino poniendo la lupa en indicadores muy concretos. Hay maquinarias ideológicas que repiten pueblo y más pueblo como el tañido de un tambor para remeros. Algún teórico nefasto de poderes tenebrosos dijo cierta vez "miente, miente... siempre algo quedará".
¿Alguien piensa sin ponerse colorado que los que se llenan la boca, hoy por hoy, hablando de lo populares que son, hacen algo por los intereses de quienes dicen proteger? El populismo siempre busca aparecer bajo el ropaje de lo popular. Pero es muy distinto. Es pura apariencia. La verdad esta a la vista de cualquiera que, sencillamente, mire.
Con la expresión populismo barato quiero referirme a las personas, en particular políticos, dirigentes sociales y académicos trasnochados, que no paran de lavarse la boca con la palabra y el concepto de pueblo. Mucho podría decirse acerca del tópico, pero no encuentro en este momento el tiempo ni las ganas para extenderme en ello, aunque estoy seguro de que en algún momento haré el esfuerzo necesario. Las expresiones el pueblo o la gente se repiten tanto en ciertas bocas que hacen sospechar. En el léxico de los mediatiqueros vulgares se habla de "la gente" para dar rienda suelta a las trivialidades más ridículas. Es, por lo tanto, una licencia para hablar giladas.
El uso de "pueblo", en cambio, suele ser más sutil y perverso. Se usa, comunmente, para encriptar las propias ideas o conveniencias bajo el ropaje de lo que presuntamente es conveniente para todos. En manos de políticos hábiles es un arma muy peligrosa, y entre las utilidades más siniestras está su uso para el lavado de cerebro de incautos.
Lo que digo se basa en razones muy simples y sencillas. Si alguien quiere beneficiar al pueblo hay cosas importantes por hacer, y los resultados son perceptibles a simple vista. No hay que doctorarse en sociología para mirar alrededor y ver los resultados. Y mucho menos escapan a la vista si uno hace un análisis un poco más fino poniendo la lupa en indicadores muy concretos. Hay maquinarias ideológicas que repiten pueblo y más pueblo como el tañido de un tambor para remeros. Algún teórico nefasto de poderes tenebrosos dijo cierta vez "miente, miente... siempre algo quedará".
¿Alguien piensa sin ponerse colorado que los que se llenan la boca, hoy por hoy, hablando de lo populares que son, hacen algo por los intereses de quienes dicen proteger? El populismo siempre busca aparecer bajo el ropaje de lo popular. Pero es muy distinto. Es pura apariencia. La verdad esta a la vista de cualquiera que, sencillamente, mire.
jueves 23 de abril de 2009
El Popular
Recién acabo de reparar en una publicidad que me insta a presumir de los fans que pueda tener en mi blog. La verdad es que apenas puedo contener la carcajada. Creo que recibo un comentario cada cuatro meses. Por lo general a nadie le importan demasiado mis desvaríos, y a mí me importa menos que a los demás no les importe. Es feo confesarse en público, pero el ejercicio de escritura que implica poner al día mi blog paga su propio precio. Algún día seré mucho mejor escribiente de lo que soy en el presente, y gran parte de eso tendrá que ver con los ejercicios pretendidamente públicos que aquí extiendo.
Una de las cosas que más detesto en la gente es la pretensión imperativa de ser atendido. Dicho más criollamente la idea compulsiva de que otras personas nos deben algo, o que tendrían que tenernos en cuenta. Trato de no exigir prerrogativas de ese tipo, y me irrita mucho que se me hagan reclamos en tal sentido. Juro que aprecio ciertas atenciones, como dejarme comentarios en las entradas de blog. Pero no las exijo ni las espero. Aún así, gracias a todos aquellos que han dejado uno que otro comentario.
Una de las cosas que más detesto en la gente es la pretensión imperativa de ser atendido. Dicho más criollamente la idea compulsiva de que otras personas nos deben algo, o que tendrían que tenernos en cuenta. Trato de no exigir prerrogativas de ese tipo, y me irrita mucho que se me hagan reclamos en tal sentido. Juro que aprecio ciertas atenciones, como dejarme comentarios en las entradas de blog. Pero no las exijo ni las espero. Aún así, gracias a todos aquellos que han dejado uno que otro comentario.
miércoles 25 de febrero de 2009
Ateísmo aburrido
Quizá algunos de los escritores que más admiro hacen bien en escribir libros sobre ateísmo. Lamentablemente ya no me queda más que bostezar. Reconozco que algunos de ellos hacen un esfuerzo interesante, y hasta casi me convencen de la importancia de sus invectivas. Pero llega un punto en el que no puedo evitar la sospecha (casi inconsciente) de que se trata de una maniobra para hacer un par de pesos.
Se puede asustar a las abuelitas diciendo que Dios ha muerto. Sin embargo existe un problema: ya lo han dicho hace mucho, y mejor... Sería ilustrativo hacer una lista de los negadores de Dios desde hace milenios, pero se corre el riesgo de parecer un schollar presumido. Por lo tanto, doy por supuesto que, más o menos, ya oímos hablar de materialismo ontológico, de sospecha de animismo (o de que los dioses se parecen demasiado a los hombres), de la proyección de bondades humanas en la Bondad Suprema, de la infinitud como reflejo de la idea de finitud, del miedo a la muerte, del opio de los pueblos, entre otros temas recurrentes.
Otra forma de asustar a la pobre abuelita es hablar de crueldades cometidas bajo el influjo de las religiones. Ya lo dijo un sabio francés hace un par de siglos: las maldades nunca se cometen con tanto esmero y dedicación como cuando ocurre bajo invocación de ideas religiosas. No es cosa del pasado, ni han muerto este tipo de fenómenos con la inquisición. Los periódicos pueden aún ilustrarnos sobre maldades surtidas. Pero, una vez más, todo esto ya ha sido dicho.
De los libros que he podido leer al respecto (dentro de los recientes) sólo el de Dan Dennett me ha parecido bien pagado, pues se nutre, como es su costumbre, de múltiples y sólidas fuentes científicas y filosóficas, y además no tiene el tono panfletario que caracteriza a la generalidad. Otros libros que he podido ver son un plagio descarado. No mencionaré pecadores, pero pueden encontrárselos muy a menudo en la televisión.
Quizá sea necesario que, en cada generación, nuevos escritores vuelvan a repetir los mismos argumentos. Puede que así sea. En lo personal no tengo creencias religiosas de ninguna especie, pero hace rato que no hago alaraca de ello. Por supuesto que me molestan los fanatismos, fundamentalismos, dogmatismos, y de hecho no me gustan demasiado algunas cosas de las religiones sobre las que conozco algo. Pero la actitud vigilante de los ateos militantes me irrita tanto como el dogmatismo talibán.
Tengo la impresión de que banderear el propio ateísmo es como proclamarse públicamente de izquierda, o escuchar música pasivo/agresiva con guitarras distorsionadas y letras desencantadas: una forma de sentirse superior a la muchedumbre superficial que come en McDonalds y cree en Dios. Es, en estos términos, una treta para inducir efectos de superioridad moral. Si las cosas son así (cosa que no es del todo segura, quizá una mera hipótesis) entonces andar con un libro de "me cago en dios" bajo el brazo es una señalización de lo profundo, evolucionado y socialmente comprometido que es uno.
En fin, el genero literario que comento, aún contándome entre los incrédulos, ha sido incapaz de movilizar mis hambres de lector. Espero que por lo menos le haya reportado dividendos a sus autores y editores. Por lo que a mí respecta, los mejores argumentos que he podido leer sobre el tópico ya han sido escritos todos antes de 1940 (y quizá podríamos ir más lejos...).
Se puede asustar a las abuelitas diciendo que Dios ha muerto. Sin embargo existe un problema: ya lo han dicho hace mucho, y mejor... Sería ilustrativo hacer una lista de los negadores de Dios desde hace milenios, pero se corre el riesgo de parecer un schollar presumido. Por lo tanto, doy por supuesto que, más o menos, ya oímos hablar de materialismo ontológico, de sospecha de animismo (o de que los dioses se parecen demasiado a los hombres), de la proyección de bondades humanas en la Bondad Suprema, de la infinitud como reflejo de la idea de finitud, del miedo a la muerte, del opio de los pueblos, entre otros temas recurrentes.
Otra forma de asustar a la pobre abuelita es hablar de crueldades cometidas bajo el influjo de las religiones. Ya lo dijo un sabio francés hace un par de siglos: las maldades nunca se cometen con tanto esmero y dedicación como cuando ocurre bajo invocación de ideas religiosas. No es cosa del pasado, ni han muerto este tipo de fenómenos con la inquisición. Los periódicos pueden aún ilustrarnos sobre maldades surtidas. Pero, una vez más, todo esto ya ha sido dicho.
De los libros que he podido leer al respecto (dentro de los recientes) sólo el de Dan Dennett me ha parecido bien pagado, pues se nutre, como es su costumbre, de múltiples y sólidas fuentes científicas y filosóficas, y además no tiene el tono panfletario que caracteriza a la generalidad. Otros libros que he podido ver son un plagio descarado. No mencionaré pecadores, pero pueden encontrárselos muy a menudo en la televisión.
Quizá sea necesario que, en cada generación, nuevos escritores vuelvan a repetir los mismos argumentos. Puede que así sea. En lo personal no tengo creencias religiosas de ninguna especie, pero hace rato que no hago alaraca de ello. Por supuesto que me molestan los fanatismos, fundamentalismos, dogmatismos, y de hecho no me gustan demasiado algunas cosas de las religiones sobre las que conozco algo. Pero la actitud vigilante de los ateos militantes me irrita tanto como el dogmatismo talibán.
Tengo la impresión de que banderear el propio ateísmo es como proclamarse públicamente de izquierda, o escuchar música pasivo/agresiva con guitarras distorsionadas y letras desencantadas: una forma de sentirse superior a la muchedumbre superficial que come en McDonalds y cree en Dios. Es, en estos términos, una treta para inducir efectos de superioridad moral. Si las cosas son así (cosa que no es del todo segura, quizá una mera hipótesis) entonces andar con un libro de "me cago en dios" bajo el brazo es una señalización de lo profundo, evolucionado y socialmente comprometido que es uno.
En fin, el genero literario que comento, aún contándome entre los incrédulos, ha sido incapaz de movilizar mis hambres de lector. Espero que por lo menos le haya reportado dividendos a sus autores y editores. Por lo que a mí respecta, los mejores argumentos que he podido leer sobre el tópico ya han sido escritos todos antes de 1940 (y quizá podríamos ir más lejos...).
jueves 18 de diciembre de 2008
Me dicen positivista
En el submundillo menor de la academia de ciencias sociales y humanidades llamar a alguien positivista es una clase de insulto bastante grave. Cualquier hablante de español estándar de mi provincia (lo que en el barrio le llamamos jocosamente coya básico) supondría que positivista puede tener algo que ver con cosas positivas. Pues no. Es, para el humanista que la recibe, una ofensa mayor, y está destinada a dejar al interlocutor fuera de la discusión razonable. Una vez que a uno lo declaran positivista ya no tiene derecho a ser escuchado, sino sólo vilipendiado y rechazado.
Se supone, en el imaginario, que si uno es positivista participa del culto de los hechos y adhiere al statu quo social, sea éste el que fuere. El positivista dice, supuestamente, que las cosas son como son, la única verdad es la realidad, y no hay nada que hacerle. El positivista es entonces posibilista, o para decirlo en términos más técnicos: actualista. Y para resumir aún más, digámoslo redondamente: el positivista es un estructurado en materia de conocimiento y, aún peor, un conservador en asuntos políticos.
Debo decir que esta imágen es una falsificación infame que adolesce al menos de dos errores. El primero tiene que ver con la ambigüedad, y el segundo con la ignorancia. Digo ambigüedad porque cuando de positivismo se habla hay que distinguir prolijamente (al menos) dos especies distintas, histórica y epistemológicamente: por un lado está lo que se conoce como positivismo histórico y sociológico, por otro el "neopositivismo" o positivismo lógico. Los primeros se ocupan principalmente de las ciencias sociales, y de las metodologías y evidencias admisibles en ese campo, y comparten algunos rasgos de familia como ser cierto aire evolucionista (en un sentido a veces vagamente darwiniano). Los segundos se ocupan sobre todo de teoría del conocimiento, epistemología y semántica, y los anima un programa ilustrado: la idea de distinguir el conocimiento de la mera charlatanería.
Podemos decir que el positivismo histórico y sociológico, con su permanente énfasis en los documentos y en las evidencias ha hecho significativos aportes a la sociología y a la historiografía. Pero sus aportes han sido ampliamente superados por otras corrientes. El culto al documento es un mito, y creo que las ciencias sociales contemporáneas han tomado plena consciencia de la diemnsión narrativa que les es inherente. Aunque todavía existen pretensiones desmesuradas en torno a los alcances y límites de los conocimientos adquiridos en este campo. A lo que yo he podido observar no existen más positivistas de esta raza. Nadie se reclama heredero de esta tradición, y el modelo evolucionista del desarrollo social hoy se considera una caricatura ideológica felizmente sepultada en el pasado. No hay positivistas sociológicos.
Relativamente distinta es la historia del positivismo lógico. Con esta etiqueta se agrupa a una cantidad de pensadores con idiosincracias particulares, pero que compartían cierto "programa" en común. Un programa ilustrado. Estamos hablando de pensadores que se mueven en el período de entreguerras. Se vivía un momento revolucionario en distintas ciencias, como ser la física teórica, la lógica matemática, la biología molecular, entre otras. Los positivistas deseaban limpiar el terreno teórico, separando los desvaríos de la tradición metafísica (las filosofías puramente especulativas y, pensaban, poco fructíferas) del conocimiento científico. La empresa se podría considerar razonable, pero su prosecución se revelaría dificultosa y áspera, por no decir destinada al fracaso.
Los positivistas pretendieron eliminar la metafísica echando mano de una teoría semántica bastante pretenciosa. Existe, según esta doctrina, el lenguaje con sentido y la charlatanería. En el lenguaje con sentido, el significado se equipara con el método de verificación de las expresiones. Si quiere saber que significa una oración, piense qué cosas servirían como su evidencia empírica. Un problema no trivial de esta definición es definir qué cosa vale como evidencia empírica. De acuerdo con algunos, la evidencia provenía de la observación de objetos comunes y silvestres de tamaño mediano (fisicalismo). Para otros, en realidad la evidencia eran datos de los sentidos, es decir sensaciones visuales, táctiles y cosas por el estilo (cosas que ocurren dentro de un observador). Ciertos métodos lógicos, se suponía, podían calibrar las observaciones de distintos observadores, proveyendo de esta manera una matriz común. Los positivistas como Reichenbach, Carnap, Schlick, Neurath, etc., jamás llegaron a ponerse de acuerdo en la naturaleza de esta evidencia, lo cual redundó finalmente en la muerte del programa. De acuerdo con los positivistas sólo los enunciados de la lógica y la matemática, y los enunciados que referían a "observaciones empíricas" tenían sentido, todo lo demás era metafísica. Los enunciados de base lógica eran analíticos, los de base empírica eran sintéticos (terminología heredada de Kant). La teoría verificacionista del significado, que los positivistas trataron de articular, sufrió también golpes externos, como la aceptación general de los argumentos de Quine que desacreditaban la distinción analítico/sintético, y la idea de que pueden existir "oraciones protocolares" factibles de ponerse a prueba directamente con la "realidad". De acuerdo con este autor sólo podemos comparar con la realidad estructuras teóricas mucho más amplias, en última instancia a las ciencias en su conjunto (lo que se denomina holismo).
Los positivistas también pretendían sostener el carácter inductivo de la ciencia. Las leyes científicas se construyen a partir de enunciados de observación y, dicho de forma bastante ingenua, una buena cantidad de éstos nos permiten asbtraer leyes científicas universales. A su vez, estas leyes pueden ser verificadas en experimentos. A más verificaciones más sólida la teoría. Pero tampoco en este caso pudieron nuestros amigos los positivistas decirnos con precisión cómo operaba el dichoso método (más allá de las generalidades pedestres que acabamos de enunciar...). Hoy en día ya nadie supone que para elaborar una teoría científica hay que andar apilando enunciados de observación por ahí. Quién, en mi opinión, lanzó los dardos más certeros fue Karl Popper. De acuerdo con este filósofo austríaco (que terminó siendo inglés por opción), las teorías salen de vaya a saber dónde... de la frondosa imaginación de los científicos, de sueños trasnochados (como los de Kekulé), del uso de analogías, o de lo que fuere. Lo importante, según Sir Karl, no es de dónde sacamos la teoría, sino cómo la ponemos a prueba. Lo que distingue a una teoría científica de la charlatanería, de acuerdo con esto, es la posibilidad de refutarla. Una teoría debe especificar de antemano qué hechos, de ocurrir efectivamente, nos harían desecharla. En lo personal, creo que esta es una de las ideas más grandes que ha dado la epistemología. Podemos discutir detalles menores (de hecho hay interesantes matizaciones hechas por filósofos como Lakatos, Putnam, Laudan y otros), pero la idea de que una teoría debe poder ser falsa para decir algo acerca del mundo me parece difícilmente contestable. Si puede ocurrir cualquier cosa en el mundo y la teoría sigue en pie ¿De qué cuernos trata?
Pero volviendo a los positivistas, una vez desacreditadas la hipótesis inductivista y la teoría verificacionista del significado, no queda nada del programa original que los nucleaba. Debemos señala los importantes aportes que hicieron, especialmente Carnap, a la teoría de los lenguajes formales, entre otros asuntos menores. Pero de la intención de eliminar la metafísica nada queda. Es más, como señaló también Popper, entre otros, la aplicación de los estandares positivistas afectaría a las ciencias mismas, cuyos enunciados no siempre pueden reducirse a las evidencias del tipo postulado. Esta clase de positivismo también murió de muerte natural (de fallecimiento, diría mi abuelo), y me atrevería a fechar el deceso en la segunda mitad de la década del treinta del siglo pasado. Pero siempre las periodizaciones generan disputas...
Respecto a las opiniones políticas de los positivistas, muy poco tienen que ver con lo que se piensa en la academia. Entre los positivistas sociológicos hay cierto sabor conservador (aunque en su momento lucharon contra las estructuras más anquilosadas de la sociedad, bajo el ideal decimonónico del "progreso"). Pero los positivistas lógicos eran bastante ilustrados y progresistas. Otto Neurath era marxista, y Rudolf Carnap sostenía firmes concepciones socialistas que mantuvo durante toda su vida. Fueron enemigos del nazismo y muchos se vieron forzados al exilio (la mayoría eran austríacos, y algunos alemanes). Nunca comprenderé porque los "rebeldes" entre mis pares y colegas adoran a Heidegger, que estuvo afiliado al partido Nazi, con algunos escritos y discursos publicados que hacen parar los pelos de punta, y odian a tipos como Carnap que siempre lucho por la verdad y la justicia.
Hoy en día nadie sostendría las tesis que fueron caras a los positivistas lógicos. Los filósofos analíticos, vagamente emparentados con ellos, siguen considerando positivamente a la lógica y la evidencia, y mantienen preocupaciones en cierto modo similares. Pero nadie sacaría las ideas positivistas del arcón de los trastos viejos de la cultura. Lo afirmo una vez más: el positivismo está bien muerto. Si alguien piensa lo contrario, lo desafío a que me señale alguien que hoy reivindique para sí aquellas ideas.
Algunos todavía compartimos la idea de que las teorías hay que poder probarlas, y somos reacios a aceptar como ciencia cualquier clase de discursos. Esto se considera positivismo. Yo creo que es razonabilidad básica.
En mi caso, me han acusado en diversas ocasiones de positivista por mi afición a la lógica y a la evidencia fáctica. Acepto gustosamente la etiqueta porque comparto la vocación ilustrada del positivismo. Hago lo posible por distinguir la charlatanería del conocimiento. Por la sencilla razón de que cierto tipo de charlatanería hace mucho daño. Antes de que la medicina hiciera descubrimientos importantes, como la penicilina (descubierta, popperianamente, de forma accidental), los médicos solían matar más gente de la que curaban. Entre otras cosas por adoptar creencias infundadas, o de base empírica extremadamente deficiente. También hay colegas "expertos" en cuestiones sociales bastante sensibles, que diseñan y aplican proyectos de intervención que muchas veces hacen más mal que bien (aunque la platita que manejan les da una estructura cómoda para moverse). Hay todo un negocio académico de ponerle curitas a los problemas sociales, donde no siempre salen favorecidos los que queremos que se favorezcan.
Pero, como digo, ya lo tengo asumido: para muchos pares soy y seré "el positivista". Si ser poco sensible a la charlatanería (libresca o no) de los académicos, gustar de la lógica y de las ciencias que miden y experimentan, y mantener una postura escéptica y empírica es ser positivista, pues entonces lo soy. Peor es caer en las redes de la narratología y el pensamiento mágico.
Se supone, en el imaginario, que si uno es positivista participa del culto de los hechos y adhiere al statu quo social, sea éste el que fuere. El positivista dice, supuestamente, que las cosas son como son, la única verdad es la realidad, y no hay nada que hacerle. El positivista es entonces posibilista, o para decirlo en términos más técnicos: actualista. Y para resumir aún más, digámoslo redondamente: el positivista es un estructurado en materia de conocimiento y, aún peor, un conservador en asuntos políticos.
Debo decir que esta imágen es una falsificación infame que adolesce al menos de dos errores. El primero tiene que ver con la ambigüedad, y el segundo con la ignorancia. Digo ambigüedad porque cuando de positivismo se habla hay que distinguir prolijamente (al menos) dos especies distintas, histórica y epistemológicamente: por un lado está lo que se conoce como positivismo histórico y sociológico, por otro el "neopositivismo" o positivismo lógico. Los primeros se ocupan principalmente de las ciencias sociales, y de las metodologías y evidencias admisibles en ese campo, y comparten algunos rasgos de familia como ser cierto aire evolucionista (en un sentido a veces vagamente darwiniano). Los segundos se ocupan sobre todo de teoría del conocimiento, epistemología y semántica, y los anima un programa ilustrado: la idea de distinguir el conocimiento de la mera charlatanería.
Podemos decir que el positivismo histórico y sociológico, con su permanente énfasis en los documentos y en las evidencias ha hecho significativos aportes a la sociología y a la historiografía. Pero sus aportes han sido ampliamente superados por otras corrientes. El culto al documento es un mito, y creo que las ciencias sociales contemporáneas han tomado plena consciencia de la diemnsión narrativa que les es inherente. Aunque todavía existen pretensiones desmesuradas en torno a los alcances y límites de los conocimientos adquiridos en este campo. A lo que yo he podido observar no existen más positivistas de esta raza. Nadie se reclama heredero de esta tradición, y el modelo evolucionista del desarrollo social hoy se considera una caricatura ideológica felizmente sepultada en el pasado. No hay positivistas sociológicos.
Relativamente distinta es la historia del positivismo lógico. Con esta etiqueta se agrupa a una cantidad de pensadores con idiosincracias particulares, pero que compartían cierto "programa" en común. Un programa ilustrado. Estamos hablando de pensadores que se mueven en el período de entreguerras. Se vivía un momento revolucionario en distintas ciencias, como ser la física teórica, la lógica matemática, la biología molecular, entre otras. Los positivistas deseaban limpiar el terreno teórico, separando los desvaríos de la tradición metafísica (las filosofías puramente especulativas y, pensaban, poco fructíferas) del conocimiento científico. La empresa se podría considerar razonable, pero su prosecución se revelaría dificultosa y áspera, por no decir destinada al fracaso.
Los positivistas pretendieron eliminar la metafísica echando mano de una teoría semántica bastante pretenciosa. Existe, según esta doctrina, el lenguaje con sentido y la charlatanería. En el lenguaje con sentido, el significado se equipara con el método de verificación de las expresiones. Si quiere saber que significa una oración, piense qué cosas servirían como su evidencia empírica. Un problema no trivial de esta definición es definir qué cosa vale como evidencia empírica. De acuerdo con algunos, la evidencia provenía de la observación de objetos comunes y silvestres de tamaño mediano (fisicalismo). Para otros, en realidad la evidencia eran datos de los sentidos, es decir sensaciones visuales, táctiles y cosas por el estilo (cosas que ocurren dentro de un observador). Ciertos métodos lógicos, se suponía, podían calibrar las observaciones de distintos observadores, proveyendo de esta manera una matriz común. Los positivistas como Reichenbach, Carnap, Schlick, Neurath, etc., jamás llegaron a ponerse de acuerdo en la naturaleza de esta evidencia, lo cual redundó finalmente en la muerte del programa. De acuerdo con los positivistas sólo los enunciados de la lógica y la matemática, y los enunciados que referían a "observaciones empíricas" tenían sentido, todo lo demás era metafísica. Los enunciados de base lógica eran analíticos, los de base empírica eran sintéticos (terminología heredada de Kant). La teoría verificacionista del significado, que los positivistas trataron de articular, sufrió también golpes externos, como la aceptación general de los argumentos de Quine que desacreditaban la distinción analítico/sintético, y la idea de que pueden existir "oraciones protocolares" factibles de ponerse a prueba directamente con la "realidad". De acuerdo con este autor sólo podemos comparar con la realidad estructuras teóricas mucho más amplias, en última instancia a las ciencias en su conjunto (lo que se denomina holismo).
Los positivistas también pretendían sostener el carácter inductivo de la ciencia. Las leyes científicas se construyen a partir de enunciados de observación y, dicho de forma bastante ingenua, una buena cantidad de éstos nos permiten asbtraer leyes científicas universales. A su vez, estas leyes pueden ser verificadas en experimentos. A más verificaciones más sólida la teoría. Pero tampoco en este caso pudieron nuestros amigos los positivistas decirnos con precisión cómo operaba el dichoso método (más allá de las generalidades pedestres que acabamos de enunciar...). Hoy en día ya nadie supone que para elaborar una teoría científica hay que andar apilando enunciados de observación por ahí. Quién, en mi opinión, lanzó los dardos más certeros fue Karl Popper. De acuerdo con este filósofo austríaco (que terminó siendo inglés por opción), las teorías salen de vaya a saber dónde... de la frondosa imaginación de los científicos, de sueños trasnochados (como los de Kekulé), del uso de analogías, o de lo que fuere. Lo importante, según Sir Karl, no es de dónde sacamos la teoría, sino cómo la ponemos a prueba. Lo que distingue a una teoría científica de la charlatanería, de acuerdo con esto, es la posibilidad de refutarla. Una teoría debe especificar de antemano qué hechos, de ocurrir efectivamente, nos harían desecharla. En lo personal, creo que esta es una de las ideas más grandes que ha dado la epistemología. Podemos discutir detalles menores (de hecho hay interesantes matizaciones hechas por filósofos como Lakatos, Putnam, Laudan y otros), pero la idea de que una teoría debe poder ser falsa para decir algo acerca del mundo me parece difícilmente contestable. Si puede ocurrir cualquier cosa en el mundo y la teoría sigue en pie ¿De qué cuernos trata?
Pero volviendo a los positivistas, una vez desacreditadas la hipótesis inductivista y la teoría verificacionista del significado, no queda nada del programa original que los nucleaba. Debemos señala los importantes aportes que hicieron, especialmente Carnap, a la teoría de los lenguajes formales, entre otros asuntos menores. Pero de la intención de eliminar la metafísica nada queda. Es más, como señaló también Popper, entre otros, la aplicación de los estandares positivistas afectaría a las ciencias mismas, cuyos enunciados no siempre pueden reducirse a las evidencias del tipo postulado. Esta clase de positivismo también murió de muerte natural (de fallecimiento, diría mi abuelo), y me atrevería a fechar el deceso en la segunda mitad de la década del treinta del siglo pasado. Pero siempre las periodizaciones generan disputas...
Respecto a las opiniones políticas de los positivistas, muy poco tienen que ver con lo que se piensa en la academia. Entre los positivistas sociológicos hay cierto sabor conservador (aunque en su momento lucharon contra las estructuras más anquilosadas de la sociedad, bajo el ideal decimonónico del "progreso"). Pero los positivistas lógicos eran bastante ilustrados y progresistas. Otto Neurath era marxista, y Rudolf Carnap sostenía firmes concepciones socialistas que mantuvo durante toda su vida. Fueron enemigos del nazismo y muchos se vieron forzados al exilio (la mayoría eran austríacos, y algunos alemanes). Nunca comprenderé porque los "rebeldes" entre mis pares y colegas adoran a Heidegger, que estuvo afiliado al partido Nazi, con algunos escritos y discursos publicados que hacen parar los pelos de punta, y odian a tipos como Carnap que siempre lucho por la verdad y la justicia.
Hoy en día nadie sostendría las tesis que fueron caras a los positivistas lógicos. Los filósofos analíticos, vagamente emparentados con ellos, siguen considerando positivamente a la lógica y la evidencia, y mantienen preocupaciones en cierto modo similares. Pero nadie sacaría las ideas positivistas del arcón de los trastos viejos de la cultura. Lo afirmo una vez más: el positivismo está bien muerto. Si alguien piensa lo contrario, lo desafío a que me señale alguien que hoy reivindique para sí aquellas ideas.
Algunos todavía compartimos la idea de que las teorías hay que poder probarlas, y somos reacios a aceptar como ciencia cualquier clase de discursos. Esto se considera positivismo. Yo creo que es razonabilidad básica.
En mi caso, me han acusado en diversas ocasiones de positivista por mi afición a la lógica y a la evidencia fáctica. Acepto gustosamente la etiqueta porque comparto la vocación ilustrada del positivismo. Hago lo posible por distinguir la charlatanería del conocimiento. Por la sencilla razón de que cierto tipo de charlatanería hace mucho daño. Antes de que la medicina hiciera descubrimientos importantes, como la penicilina (descubierta, popperianamente, de forma accidental), los médicos solían matar más gente de la que curaban. Entre otras cosas por adoptar creencias infundadas, o de base empírica extremadamente deficiente. También hay colegas "expertos" en cuestiones sociales bastante sensibles, que diseñan y aplican proyectos de intervención que muchas veces hacen más mal que bien (aunque la platita que manejan les da una estructura cómoda para moverse). Hay todo un negocio académico de ponerle curitas a los problemas sociales, donde no siempre salen favorecidos los que queremos que se favorezcan.
Pero, como digo, ya lo tengo asumido: para muchos pares soy y seré "el positivista". Si ser poco sensible a la charlatanería (libresca o no) de los académicos, gustar de la lógica y de las ciencias que miden y experimentan, y mantener una postura escéptica y empírica es ser positivista, pues entonces lo soy. Peor es caer en las redes de la narratología y el pensamiento mágico.
lunes 15 de diciembre de 2008
Jibarización
Sí, creo que los jíbaros son una tribu que se dedica a la reducción de cabezas. Le pegaría una googleada al término para hacerme el erudito, pero la verdad es que no tengo ni la más mínima gana.
Le escuché a mi amigo Jorge Lovisolo hablar de la Jibarización de la Razón Práctica varias veces. Siempre que escucho "trascendental ampliado por el a priori material de Husserl" o el asunto de la jibarización no puedo evitar acordarme de Jorge (de quién, dicho sea de paso, aprendí muchas de las pocas cosas que sé sobre filosofía contemporánea).
Pero no voy a hablar de profundas cuestiones académicas, sino del efecto que la academia puede tener en el cerebro si uno no tiene ciertos cuidados. Aunque Ud. no lo crea, una educación superior puede tener un efecto devastador en su comprensión del mundo. Puede que después de la colación salga ayuno de toda idea bien puesta acerca de lo que ocurre en el mundo de verdad. Y no voy a entrar en una polémica filosófica acerca del sentido que le doy a la expresión "mundo de verdad". Cualquiera que sale a trabajar todos los días para ganarse la vida entiende perfectamente lo que quiero decir.
En ese mundo real encuentran su lugar muchos de los peroradores egresados de la academia, cuya ocupación principal es pontificar acerca de cosas que no entienden en lo más mínimo. Y no por ignorancia del perorador, sino más bien por que nadie en el mundo las entiende muy bien (son demasiado complejas para nosotros los humanos). Desgraciadamente muchos de los peroradores tienen carisma. Y, también desgraciadamente, los seres humanos somos extremadamente vulnerables al carisma. Tengo ciertos gustos inconfesables en materia de arte que tienen que ver con el carisma de los artistas. Pero en lo que a la marcha del mundo se refiere, prefiero que el tren lo maneje gente prudente y no algún trajeado presuntuoso que suena bien en la tele pero que no tiene ni la menor idea de lo que hay hacer, aunque cree que la tiene.
Mis colegas, en general, son parcialmente inofensivos. Suelen dedicarse al rabinismo barato de comentar opúsculos felizmente olvidados por la historia. Hay textos que sabiamente el tiempo ha sepultado. En ellos no hay nada que valga, y si lo hubiera alguien ya lo hubiera descubierto antes (hay excepciones, pero muy escasas). También dedican extensos coloquios a la intelección de minucias interpretativas que dejan a cualquier mortal perplejo e impertérrito. Pero, como el suplicio de la gota de agua, algunos filosofemas van calando en el sentido común, haciendo a veces que se pierda tanto lo común como el sentido mismo. Hace poco estuve en un curso de "epistemología" donde hablaban de la necesidad de "deconstruir" el sentido común. Francamente me quedo aterrado de que esas cosas vayan a salir del aula.
Algunos pensadores que respeto señalan las debilidades de la "sabiduría popular". Creo que esto es correcto, pero les contestaría con la idea de Gramsci de distinguir el sentido común, entendido como esa sabiduría popular que se transmite porque el aire es gratis, y ese filoso buen sentido, que es la voz de la prudencia y de la inteligencia acumuladas. Algunos filósofos sostienen que la lógica y la ciencia no son más que sentido común sistematizado, y estoy completamente de acuerdo. (A veces los resultados científicos chocan de frente contra nuestras intuiciones inmediatas, y está claro que en estos casos tenemos que optar por el veredicto de una ciencia, siempre que sus resultados estén duramente sometidos a prueba). Me parece que hay que mantenerse surfeando en las olas de este buen sentido, siempre atento a las lecciones de la realidad concreta. Esto no quiere decir que uno deba abrazar lo que nuestro mundo cultural da por hecho; en muchos casos se impone lo contrario. Más de un allegado mío tiene prácticas de pensamiento mágico (que no tengo más remedio que respetar) que permanecen socialmente inobjetadas. Creo que es mejor no tenerlas, pero renuncio a combatir todas las cabezas de la Hidra. Después de todo, hay empecinamientos menores que no tienen consecuencias de monta.
El problema empieza, como decía, con alguos filosofemas que escapan de la academia y empiezan a hacerse sentido común. Uno que me resulta particularmente irritante es ese que se expresa como ¿Y qué es la verdad? o Cada uno tiene su verdad. Dicho en términos ligeramente más técnicos: el relativismo vulgar. Baste decir que no hay ninguna teoría filosófica digna de considerarse que preste fundamento a esas expresiones. Por supuesto, la historia de la filosofía abunda en reflexiones acerca de la complejidad que tiene el hecho de determinar en ciertas condiciones si una expresión es verdadera o falsa, o si nuestro conocimiento es fiable. (En contra de lo que digo pueden considerarse, que me acuerde ahora, algunos escritos de Nietzsche y Rorty, por ejemplo; filósofos con los que, no obstante, simpatizo...). Pero nadie suscribiría al relativismo vulgar, que es como la resaca de algo más de veinticuatro siglos de discusiones epistemológicas. Los relativistas vulgares, por ejemplo, piensan que la Física que uno puede esturdiar en la facultad de ciencias exactas no difiere de cualquier otro relato fantástico. Alan Sokal y Richard Dawkins han lanzado un desafío del que, hasta donde sé, ningún relativista vulgar ha querido hacerse digno: si las leyes de la física son relatos, súbase al 29º piso de cualquier edificio y tírese desafiando las "ficticias" leyes de la gravedad. Cualquiera (que no haya estudiado ciencias sociales y humanidades) sabe que hay afuera un mundo concreto con su dinámica aplastante: autos que atropellan, predadores que se comen a sus presas (en sentido biológico, pero también social), instituciones sociales, fenómenos meteorológicos, amores y olvidos, sexo, muerte, música, bancos que quiebran, hijos, alimentos, medios de comunicación, y muchas otras cosas. Ya he hablado en este mismo blog sobre la diferencia entre hechos físicos y sociales, y no me voy a extender de nuevo en eso. El realismo mínimo sobre todas esas cosas sostiene que, en alguna medida más o menos importante, no dependen de las maneras en que los interpretamos. Hay cosas que son verdaderas y otras que son falsas. El Holocausto existió, pero es mentira que la gente vió platos voladores no sé en que pueblo; al menos sobre la base de las evidencias de las que disponemos a la fecha.
En otra categoría de filosofemas tóxicos podemos colocar las teorías de la conspiración. Una teoría de la conspiración cree que existe un comité central de la burguesía, abocado con pasión y entusiasmo a la tarea de pergeniar más y mejores maneras de mantener a la humanidad alienada y en estado de opresión. La idea del comité central de la burguesía se la robé al Dr. Jean Piel, erudito historiador de la séptima escuela de París, de cuya boca salieron algunas de las mejores clases de historia que he tenido la suerte de escuchar. No hace falta que el comité esté integrado por burgueses, también hay equivalentes funcionales dependiendo de la moda: los europeos, los hombres, la iglesia, los banqueros, los medios de comunicación, etc.
Voy a abrir el paraguas antes de que llueva. No estoy diciendo que en el mundo no existan injusticias, desigualdades, explotación y alienación. Estoy diciendo que las teorías de la conspiración son explicaciones incorrectas y, como tales, hacen más mal que bien. No solucionan el problema pero le otorgan al portador un aire de superioridad moral irresistible. Una teoría de la conspiración supone que existe la gran cosa mala (Rorty dixit) que puede hacerse saltar en pedazos y, de pasada, arreglar todo. Lo opuesto a una teoría de la conspiración es la consciencia de la complejidad del fenómeno social. Nuestras sociedades deberían mejorar en muchos aspectos. Hay mucho trabajo por hacer en las instituciones del mundo real. Una agenda política realista tiene múltiples dimensiones que no pueden reducirse a la abolición de la gran cosa mala. Quisiera decir también que en las sociedades, como en cualquier sistema complejo, las consecuencias de la acción no son del todo previsibles, por lo cual la prudencia práctica es una virtud inestimable.
El último filosofema tóxico del que quiero hablar es la interpretacionitis. No voy a abundar mucho sobre esto, porque en algún momento lo voy a convertir en tópico de una indagación más extensa. Digamos tan sólo que el problema de la interpretación como método es su vulnerabilidad a la voracidad narrativa de la mente humana. El cerebro del homo sapiens ama las historias. Ya lo notó Borges al decir que basta tener una teoría para que la realidad se reorganice en torno a ella (esa era la idea, pero no pienso buscar la referencia exacta hoy). Mucha teorías muy celebradas se organizan en torno a una única virtud: contar una historia plausible. Aquí, sí, flaquea el sentido común del que hablaba más arriba. Contar una historia no alcanza. Una teoría debe poder ser falsa para decir algo acerca del mundo, pero las interpretaciones son remachables a perpetuidad. Psicólogos y economistas experimentales vienen acumulando pruebas muy sólidas que apuntan en un sentido muy concreto: los "especialistas" doctorados magna cum laude en cuestiones que nos atañen como seres sociales son incapaces de predicciones mejores que las de peluqueros y taxistas (que son socialmente más indispensables, aunque menos celebrados, y nunca son ternados para el nobel...)
Hay una multitud de filosofemas jibarizantes, pero estudiarlos sistemáticamente supera mis fuerzas y mi libido (no me exita mucho la idea). Si el antojo aparece, quizá desmenuce algunos otros más adelante. Pero, ya que estamos, me atrevería a dar un débil consejo no solicitado: sospeche de los textos pretenciosos y cargados de jerga que brotan de ciertos submundillos académicos. Nunca se olvide que muchas personas se ganan la vida escribiendo aunque no tengan nada para decir (lo mismo pasa en los medios de comunicación). He publicado, por motivos puramente profesionales, trabajos que pueden perderse tranquilamente en el olvido, así que no los lea si tiene la oportunidad. Y no crea todo lo que le dijo su abuelita... pero crea menos en los estructuralistas y posestructuralistas franceses (y yerbas por el estilo).
Le escuché a mi amigo Jorge Lovisolo hablar de la Jibarización de la Razón Práctica varias veces. Siempre que escucho "trascendental ampliado por el a priori material de Husserl" o el asunto de la jibarización no puedo evitar acordarme de Jorge (de quién, dicho sea de paso, aprendí muchas de las pocas cosas que sé sobre filosofía contemporánea).
Pero no voy a hablar de profundas cuestiones académicas, sino del efecto que la academia puede tener en el cerebro si uno no tiene ciertos cuidados. Aunque Ud. no lo crea, una educación superior puede tener un efecto devastador en su comprensión del mundo. Puede que después de la colación salga ayuno de toda idea bien puesta acerca de lo que ocurre en el mundo de verdad. Y no voy a entrar en una polémica filosófica acerca del sentido que le doy a la expresión "mundo de verdad". Cualquiera que sale a trabajar todos los días para ganarse la vida entiende perfectamente lo que quiero decir.
En ese mundo real encuentran su lugar muchos de los peroradores egresados de la academia, cuya ocupación principal es pontificar acerca de cosas que no entienden en lo más mínimo. Y no por ignorancia del perorador, sino más bien por que nadie en el mundo las entiende muy bien (son demasiado complejas para nosotros los humanos). Desgraciadamente muchos de los peroradores tienen carisma. Y, también desgraciadamente, los seres humanos somos extremadamente vulnerables al carisma. Tengo ciertos gustos inconfesables en materia de arte que tienen que ver con el carisma de los artistas. Pero en lo que a la marcha del mundo se refiere, prefiero que el tren lo maneje gente prudente y no algún trajeado presuntuoso que suena bien en la tele pero que no tiene ni la menor idea de lo que hay hacer, aunque cree que la tiene.
Mis colegas, en general, son parcialmente inofensivos. Suelen dedicarse al rabinismo barato de comentar opúsculos felizmente olvidados por la historia. Hay textos que sabiamente el tiempo ha sepultado. En ellos no hay nada que valga, y si lo hubiera alguien ya lo hubiera descubierto antes (hay excepciones, pero muy escasas). También dedican extensos coloquios a la intelección de minucias interpretativas que dejan a cualquier mortal perplejo e impertérrito. Pero, como el suplicio de la gota de agua, algunos filosofemas van calando en el sentido común, haciendo a veces que se pierda tanto lo común como el sentido mismo. Hace poco estuve en un curso de "epistemología" donde hablaban de la necesidad de "deconstruir" el sentido común. Francamente me quedo aterrado de que esas cosas vayan a salir del aula.
Algunos pensadores que respeto señalan las debilidades de la "sabiduría popular". Creo que esto es correcto, pero les contestaría con la idea de Gramsci de distinguir el sentido común, entendido como esa sabiduría popular que se transmite porque el aire es gratis, y ese filoso buen sentido, que es la voz de la prudencia y de la inteligencia acumuladas. Algunos filósofos sostienen que la lógica y la ciencia no son más que sentido común sistematizado, y estoy completamente de acuerdo. (A veces los resultados científicos chocan de frente contra nuestras intuiciones inmediatas, y está claro que en estos casos tenemos que optar por el veredicto de una ciencia, siempre que sus resultados estén duramente sometidos a prueba). Me parece que hay que mantenerse surfeando en las olas de este buen sentido, siempre atento a las lecciones de la realidad concreta. Esto no quiere decir que uno deba abrazar lo que nuestro mundo cultural da por hecho; en muchos casos se impone lo contrario. Más de un allegado mío tiene prácticas de pensamiento mágico (que no tengo más remedio que respetar) que permanecen socialmente inobjetadas. Creo que es mejor no tenerlas, pero renuncio a combatir todas las cabezas de la Hidra. Después de todo, hay empecinamientos menores que no tienen consecuencias de monta.
El problema empieza, como decía, con alguos filosofemas que escapan de la academia y empiezan a hacerse sentido común. Uno que me resulta particularmente irritante es ese que se expresa como ¿Y qué es la verdad? o Cada uno tiene su verdad. Dicho en términos ligeramente más técnicos: el relativismo vulgar. Baste decir que no hay ninguna teoría filosófica digna de considerarse que preste fundamento a esas expresiones. Por supuesto, la historia de la filosofía abunda en reflexiones acerca de la complejidad que tiene el hecho de determinar en ciertas condiciones si una expresión es verdadera o falsa, o si nuestro conocimiento es fiable. (En contra de lo que digo pueden considerarse, que me acuerde ahora, algunos escritos de Nietzsche y Rorty, por ejemplo; filósofos con los que, no obstante, simpatizo...). Pero nadie suscribiría al relativismo vulgar, que es como la resaca de algo más de veinticuatro siglos de discusiones epistemológicas. Los relativistas vulgares, por ejemplo, piensan que la Física que uno puede esturdiar en la facultad de ciencias exactas no difiere de cualquier otro relato fantástico. Alan Sokal y Richard Dawkins han lanzado un desafío del que, hasta donde sé, ningún relativista vulgar ha querido hacerse digno: si las leyes de la física son relatos, súbase al 29º piso de cualquier edificio y tírese desafiando las "ficticias" leyes de la gravedad. Cualquiera (que no haya estudiado ciencias sociales y humanidades) sabe que hay afuera un mundo concreto con su dinámica aplastante: autos que atropellan, predadores que se comen a sus presas (en sentido biológico, pero también social), instituciones sociales, fenómenos meteorológicos, amores y olvidos, sexo, muerte, música, bancos que quiebran, hijos, alimentos, medios de comunicación, y muchas otras cosas. Ya he hablado en este mismo blog sobre la diferencia entre hechos físicos y sociales, y no me voy a extender de nuevo en eso. El realismo mínimo sobre todas esas cosas sostiene que, en alguna medida más o menos importante, no dependen de las maneras en que los interpretamos. Hay cosas que son verdaderas y otras que son falsas. El Holocausto existió, pero es mentira que la gente vió platos voladores no sé en que pueblo; al menos sobre la base de las evidencias de las que disponemos a la fecha.
En otra categoría de filosofemas tóxicos podemos colocar las teorías de la conspiración. Una teoría de la conspiración cree que existe un comité central de la burguesía, abocado con pasión y entusiasmo a la tarea de pergeniar más y mejores maneras de mantener a la humanidad alienada y en estado de opresión. La idea del comité central de la burguesía se la robé al Dr. Jean Piel, erudito historiador de la séptima escuela de París, de cuya boca salieron algunas de las mejores clases de historia que he tenido la suerte de escuchar. No hace falta que el comité esté integrado por burgueses, también hay equivalentes funcionales dependiendo de la moda: los europeos, los hombres, la iglesia, los banqueros, los medios de comunicación, etc.
Voy a abrir el paraguas antes de que llueva. No estoy diciendo que en el mundo no existan injusticias, desigualdades, explotación y alienación. Estoy diciendo que las teorías de la conspiración son explicaciones incorrectas y, como tales, hacen más mal que bien. No solucionan el problema pero le otorgan al portador un aire de superioridad moral irresistible. Una teoría de la conspiración supone que existe la gran cosa mala (Rorty dixit) que puede hacerse saltar en pedazos y, de pasada, arreglar todo. Lo opuesto a una teoría de la conspiración es la consciencia de la complejidad del fenómeno social. Nuestras sociedades deberían mejorar en muchos aspectos. Hay mucho trabajo por hacer en las instituciones del mundo real. Una agenda política realista tiene múltiples dimensiones que no pueden reducirse a la abolición de la gran cosa mala. Quisiera decir también que en las sociedades, como en cualquier sistema complejo, las consecuencias de la acción no son del todo previsibles, por lo cual la prudencia práctica es una virtud inestimable.
El último filosofema tóxico del que quiero hablar es la interpretacionitis. No voy a abundar mucho sobre esto, porque en algún momento lo voy a convertir en tópico de una indagación más extensa. Digamos tan sólo que el problema de la interpretación como método es su vulnerabilidad a la voracidad narrativa de la mente humana. El cerebro del homo sapiens ama las historias. Ya lo notó Borges al decir que basta tener una teoría para que la realidad se reorganice en torno a ella (esa era la idea, pero no pienso buscar la referencia exacta hoy). Mucha teorías muy celebradas se organizan en torno a una única virtud: contar una historia plausible. Aquí, sí, flaquea el sentido común del que hablaba más arriba. Contar una historia no alcanza. Una teoría debe poder ser falsa para decir algo acerca del mundo, pero las interpretaciones son remachables a perpetuidad. Psicólogos y economistas experimentales vienen acumulando pruebas muy sólidas que apuntan en un sentido muy concreto: los "especialistas" doctorados magna cum laude en cuestiones que nos atañen como seres sociales son incapaces de predicciones mejores que las de peluqueros y taxistas (que son socialmente más indispensables, aunque menos celebrados, y nunca son ternados para el nobel...)
Hay una multitud de filosofemas jibarizantes, pero estudiarlos sistemáticamente supera mis fuerzas y mi libido (no me exita mucho la idea). Si el antojo aparece, quizá desmenuce algunos otros más adelante. Pero, ya que estamos, me atrevería a dar un débil consejo no solicitado: sospeche de los textos pretenciosos y cargados de jerga que brotan de ciertos submundillos académicos. Nunca se olvide que muchas personas se ganan la vida escribiendo aunque no tengan nada para decir (lo mismo pasa en los medios de comunicación). He publicado, por motivos puramente profesionales, trabajos que pueden perderse tranquilamente en el olvido, así que no los lea si tiene la oportunidad. Y no crea todo lo que le dijo su abuelita... pero crea menos en los estructuralistas y posestructuralistas franceses (y yerbas por el estilo).
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