Es irritante, al menos para mí, escuchar decir a algunas personas que la vida es simple. La vida humana es tan compleja como cualquier otra cuestión que tenga que ver con nuestro universo. El simplismo es un pecado, pero no solo porque denota, en general, necedad y estupidez. Es más grave por potencialmente dañino.
Muchas veces las simplificaciones son útiles. Podemos atacar un problema complejo mediante estrategias sencillas. Una heurística se compone de reglas simples que, de diversas formas, permiten resolver o hacer frente a cuestiones intrincadas. La idea puede encontrarse remotamente en la historia y ha tenido importantes desarrollos en el mundo contemporáneo. Ahora bien, que uno pueda aplicar reglas sencillas a cuestiones específicas no es sinónimo de que la vida no sea compleja. En particular la vida humana y social.
El intento de comprender la complejidad de la condición humana y su psicología, como también la vida social ha tropezado con graves escollos. Si bien tenemos muchas ideas interesantes acerca de cuestiones puntuales, no existe nada parecido a las teorías que los científicos han podido elaborar acerca de la realidad física y biológica. Noam Chomsky ha venido sosteniendo desde hace mucho que quizá nuestra constitución psíquica tenga límites irrebasables a este respecto. En concreto, nuestra mente dispondría de recursos para elaborar representaciones teóricas interesantes para problemas como los que atacan las ciencias físicas y biológicas, pero en lo que a ciertos problemas de la psique humana y la sociedad concierne chocamos con límites de nuestras capacidades cognitivas como especie. Es una mera especulación, con cierto apoyo en la notable asimetría que se observa en nuestra comprensión de distintos dominios problemáticos. Podría ser cierto que la complejidad de los fenómenos que más nos interesan desde el punto de vista de nuestra condición como seres humanos nos permanezcan inaccesibles en virtud de su complejidad. Reitero, una mera especulación, pero sirve para semblantear la idea de que, quizá, la vida no es tan sencilla como parece a algunos.
También se ha señalado la dificultad que tenemos a la hora de hacer planes, puesto que planificar implica un cierto grado de predicción. Si el mundo fuera completamente impredecible no tendría sentido planificar. Cuando las predicciones en materia social se someten a un escrutinio estadístico más o menos cuidadoso, cosa que algunos investigadores (como Phil Tetlock) han hecho, encontramos una casi total ausencia de expertos en estas materias. Aquellos cuyas profesiones académicas, casi por definición, incluyen predicciones son, por regla general, incapaces de ofrecernos nada interesante. La capacidad de pronosticar eventos puede someterse a análisis cuantitativos no muy complejos, por ejemplo el tipo de métrica que se utiliza para calibrar la precisión de las predicciones meteorológicas. Lo que pueden hacer muy bien los “expertos” es dar explicaciones y más explicaciones ad hoc. Cierto tipo de formaciones académicas aumentan la habilidad narrativa en forma inversamente proporcional a la capacidad explicativa. Se aprende a hablar bonito, y con aires de suficiencia, pero no se aporta demasiado, en definitiva, a las necesidades concretas que tenemos los seres humanos a cada momento: en particular, tomar decisiones a cada rato. En todo caso, como correctamente ha señalado Nassim Nicholas Taleb, sería mejor reconocer nuestra más supina ignorancia, y no pensar que entendemos cosas que no entendemos.
En cuanto a la vida individual, el psicoanálisis nos ha acostumbrado pensar en las motivaciones de nuestros actos como algo parcialmente opaco para nosotros mismos. Nos ha sensibilizado a la idea de que somos muy dados a las racionalizaciones. En definitiva, de que no nos comprendemos suficientemente bien a nosotros mismos. No soy muy afecto al psicoanálisis, pero la idea se ha confirmado con trabajo de laboratorio mucho más específico. Por ejemplo, algunas experiencias realizadas utilizando como sujetos a personas con cerebro dividido (para prevenir ataques epilépticos graves, en algún momento los neurocirujanos aplicaban una cirujía consistente en seccionar el cuerpo calloso, que cablea los dos hemisferios cerebrales). Ha podido comprobarse que el cerebro inventa historias para dar sentido a sucesos cuyas causas o detalles ignora. Michael Gazzaniga, pionero en esta clase de investigaciones, habla de un “módulo interpretador” cuya función es relatar o comentar (como un relator futbolístico) las actividades en las cuales se encuentra envuelto un sujeto, incluso cuando no dispone de la información relevante sobre las determinantes y causas que intervienen. Es una “máquina narrativa”, una máquina de contarnos cuentos sobre nosotros mismos y nuestro entorno de personas y cosas, aún cuando esos cuentos pueden ser redondamente falsos o distorsionados. Todo ser humano es un sistema complejo, en parte extraño a sí mismo, y la tarea de llevar esta complejidad hacia un equilibrio satisfactorio es un núcleo central en el problema de nuestra existencia. Una faena difícil, pero que vale la pena emprender más temprano que tarde.
Tengo para mí mismo, aunque me he equivocado otras veces, que en esta aventura de lidiar con nosotros mismo y con el mundo es mejor tener una mirada sensible a la complejidad y a los matices. Muchas personas con las que he hablado piensan que la ignorancia y la inconsciencia es mejor. Que la estupidez es más permeable a la felicidad. Creo que existe un grano de verdad en esta intuición: hay cosas que es mejor ignorar, presunta información a la que es mejor no acceder, incluso deliberadamente. Soy partidario, por ejemplo, de apagar el televisor para siempre, y leer los diarios una vez cada tanto. También soy partidario de esquivar a personas que no producen nada más que terremotos y calamidades a su alrededor, o cuyo deporte es amargar sistemáticamente a los demás. Y muchas otras ignorancias deliberadas que no vienen al caso aquí. Además, mucho de lo que pasa por información en el mundo contemporáneo no es más que ruido blanco, o peor aún, basura tóxica.
Así que, volviendo a la idea anterior, creo que es mejor tratar de aumentar la lucidez. Sin embargo, aquí me veo en la obligación de combatir otra idea, aunque no puedo extenderme demasiado ahora: pensar que el optimista es un pesimista mal informado. Dicho de otra forma, que la lucidez es amarga. Por supuesto que el universo es complejo, y la realidad bastante áspera. De eso ni duda cabe. Pero no implica que no tengamos la posibilidad, por no decir ya el deber y casi la obligación de hacer lo mejor que podamos con nuestras vidas.
En este sentido tengo una regla sencilla: siempre para adelante. Es una heurística que por lo general me da buenos resultados. Aunque, indudablemente, a veces es necesario dar un paso atrás para dar luego dos hacia adelante ¿Me estoy contradiciendo? No estoy tan seguro de eso. Lo malo de las reglas sencillas es que no llevan escrito en la frente todos los detalles de sus contextos adecuados de aplicación. Para eso se necesita sensibilidad a las distintas configuraciones de lo real, del matiz, de lo complejo. Incluso para aplicar reglas simples necesitamos echar una miradita en la zona gris de la vida concreta. No sea que el remedio haga peores estragos que la enfermedad. Para usar un léxico más venerable, diría que para simplificar se requiere prudencia y sabiduría. O, lo que es lo mismo, consciencia de la complejidad.
lunes 11 de enero de 2010
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