Que los seres humanos son especiales parece ser algo que casi nadie duda, aunque quizá existan motivos para no creerse la tesis tan a pies juntillas. Se supone que somos muy diferentes del resto de los organismos vivos, pero la tarea de precisar en qué radica la diferencia termina siendo bastante esquiva. Algunos dirán que los seres humanos tienen un alma especial y son hechos a imagen y semejanza de Dios. Es una buena respuesta, desgraciadamente a mí no me satisface desde el punto de vista intelectual. Se supone, también, que nos diferenciamos por la capacidad de ejercer una difusa facultad de pensar. Es una respuesta que, se me ocurre, es algo mejor. Sin embargo a poco de andar nos atacarán al menos dos cuestiones. Por un lado, podríamos preguntarnos si a especies animales distintas les está vedada toda forma de pensamiento. A lo que yo me arriesgaría a contestar negativamente, pero fundamentar dicho juicio me llevaría muy lejos. Una segunda cuestión tiene que ver con dar una definición más precisa de esa actividad que llamamos pensar. Y tampoco aquí el curso de la indagación sería muy llano, más bien todo lo contrario.
Doy por buena la idea de que los seres humanos poseemos ciertas modalidades de pensamiento que están vedadas para otras especies. De ello no tengo dudas, pues hemos sido capaces de poblar el mundo con productos de nuestra imaginación que usamos a nuestro antojo para simplificarnos y hacernos más cómoda la existencia y, también, en algunos casos, para complicárnosla un poquito más. La nuestra es una especie imaginativa, simbólica y práctica en un sentido que está fuera de cualquier posibilidad actual para otros seres vivos. Este hecho ha llevado a ciertos filósofos a soñar con un horizonte de permanente progreso para los humanos, y suponer, optimistamente, que el juego de una imaginación domesticada por la experiencia podría conducirnos a un reino libre de las necesidades y penurias que acompaña a muchos aspectos de la existencia humana. Se suponía que el hombre, como presunto animal racional, abría ante sí un campo utópico de posibilidades dentro del cual tan sólo el cielo era el límite.
He de confesar que la idea es bella y tentadora. La imaginación del hombre parece ser la fuerza motriz de unas posibilidades siempre abiertas que podrían, abriéndose a un cauce adecuado, conducir a un horizonte de redención. En última instancia, exorcizar los males del mundo para dar paso a una existencia plena y, se figuraron algunos, auténticamente humana. Es la idea de que todo tiene arreglo. De que los males del mundo son algo transitorio y para los cuales tarde o temprano encontraremos soluciones. Hoy por hoy, la existencia histórica nos ha vedado un poco esta perspectiva. El desbordado utopismo de muchos pensadores modernos parece bastante naive después de las miserias y sueños fallidos de nuestro mundo contemporáneo. Y, sin embargo, no me parece que puedan echarse por tierra todas las ilusiones de futuros menos sombríos.
En lo personal, estoy de acuerdo en que cada existencia, individual y/o colectiva, está envuelta en un campo de posibilidades que va mucho más allá de lo meramente fáctico. Las personas pueden no conformarse con lo que les es dado en su mundo más inmediato. Y la tarea del pensar se inserta justamente en esta dimensión. El pensar es lo que nos sacude la inercia de continuar sumergidos en lo siempre ya dado. Al menos en cuanto la inmersión es no pensada por nosotros mismos. Nos encontramos, desde que advenimos al mundo, en una realidad no configurada ni deseada o elegida por nosotros. Algunos filósofos utilizan la metáfora de estar caídos o lanzados en un mundo determinado (mundo en un sentido amplio: geográfico, histórico, social, cultural, económico, etc.). Podemos nunca hacernos cuestión de estos hechos que nos han tocado en suerte, o podemos decidir pensarlos y elegirlos en cada caso. No estoy hablando de rebeliones porque sí, o de rechazar todo por esnobismo. Uno puede pensar las cosas y decidir que, tal y como están, se encuentran perfectamente bien. El adherirse a lo dado en algunos aspectos no implica, necesariamente, inferioridad moral, como piensan muchos rebelditos de cartón. Pero es una conquista para el sujeto la adhesión, ya para conservar ya para cambiar, a algo que se ha meditado con cierta profundidad.
Estoy convencido de que parte de nuestro legado como especie, parte del regalo especial que implica la membrecía en el extraño club de la humanidad, es la capacidad de pergeniar ficciones, proyectos y posibilidades para abrir mundos, o defender aquellos que consideramos fecundos y en los cuales deseamos seguir morando. Es un esfuerzo y requiere un entrenamiento permanente el tratar de hacer cuestión de las cosas, de problematizarlas, de pensarlas, meditarlas y, en función de ese trabajo buscar responsablemente las mejores alternativas. Parte de nuestra dotación biológica es la llave que abre la puerta de las posibilidades. Quizá hoy en día, ilustrados por la barbarie del siglo XX, no compartamos el optimismo de los viejos pensadores iluministas del XVIII. Pero dejar de pensar es, en parte, renunciar a nuestros posibles. Es caminar a pasos de cangrejo. Muchos inventos de la última centuria predisponen a la parálisis mental. Aún así, tenemos herramientas para resistir siempre que no renunciemos al ejercicio del pensamiento, la búsqueda de la evidencia y de la verdad, aunque sea una verdad pequeña y a la medida de una mente humana. Pensar implica también entrar en diálogo con pensadores de otros lugares y épocas, buscando los materiales con los que podamos trabajar en la realidad que nos rodea. Es buscar modelos de comprensión y ponerlos a operar de frente a los problemas que encaramos cada día. Implica, en definitiva, aumentar nuestra capacidad de intervenir y de decidir sobre lo que queremos ser como personas y como colectividades (me gustaría hablar de poder, pero el término se ha convertido en un fetiche académico…). Pensar bien ayuda a hacer bien y, con un poco de suerte, a dejar el mundo algo mejor de lo que fue.
martes 23 de febrero de 2010
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