domingo 25 de julio de 2010

Incertidumbre y clasicismo. Otros valores para la Ultramodernidad

Extravío y búsqueda

Hace ya bastante tiempo convivo con la sensación de que nuestro tiempo ofrece demasiadas pistas que llevan por caminos inconducentes o, peor aún, a lugares equivocados. No pretendo, sin embargo, anclarme en el registro de la denuncia o la queja melancólica. Las personas pueden hacer cosas para no dejarse arrastrar. Es más, se pueden construir espacios mejores, y se puede ser siempre una persona mejor. En este sentido, es mi opinión que necesitamos comprometernos con ideales distintos a los que imperan en casi todos los ámbitos de nuestra vida actual. Este empeño puede mejorarnos y hacernos más plenos y felices. Hay muchas pautas que pueden buscarse tanto en la cultura clásica como en la sabiduría universal de distintas doctrinas y, por supuesto, en la ciencia contemporánea.

Elementos de un pequeño diagnóstico del malestar en la cultura

En nuestro mundo inmediato, las ofertas de bienes, cultura, entretenimiento son infinitas para aquellos que tengan recursos suficientes. Las posibilidades de comunicarse entre sí abundan, y los medios para conectarse con otros seres humanos siguen expandiéndose. Métodos terapéuticos prometen erradicarnos todos los males posibles, y funcionarios de la opinión están todo el tiempo ofreciéndonos crónicas de cosas presuntamente importantes. En general, es muy poco probable que, en sociedades como la nuestra, alguien esté en condiciones de bloquear el camino a cualquiera que esté realmente empeñado en tomar cursos de acción posibles y legales (es decir, es bastante difícil prohibir a alguien que haga cosas que no sean físicamente imposibles y socialmente permitidas por las leyes vigentes). En particular, la situación de, por ejemplo, las mujeres, ha mejorado radicalmente si la comparamos con lo que ocurría cien o doscientos años atrás. Hoy por hoy, una parte importante de la población mundial sufre menos frío, hambre, enfermedad, dolor, incertidumbres y toda clase de padecimientos. Sirva de comparación las hambrunas que eran habituales en períodos históricos previos a la revolución industrial, que incrementó exponencialmente nuestra capacidad de producir bienes de consumo. A lo que podría suponerse, deberíamos vivir en una utopía socio-científica del tipo que profetizaron los socialistas utópicos del siglo XIX. Pero vivimos en una sociedad llena de depresión, soledad y ausencia de sentido. Vivimos rodeados de recursos y posibilidades que, se supone, deberían hacernos feliz. Sin embargo, parece más bien reinar la infelicidad.

Es claro que también muchísimas personas, en diversos lugares del mundo, padecen innumerables injusticias derivadas de la pobreza, la falta de recursos y el sometimiento a sistemas sociales que cercenan libertades y derechos básicos. Pero no nos referimos aquí a esta clase de problemas. Son indudablemente importantes, pero el hecho que nos ocupa parece mucho más extraño. Multitudes de personas que viven por encima del umbral de satisfacción básico, aquellos que tienen cubiertas las necesidades físicas básicas y aún más, pero incluso así no están satisfechos con sus vidas. La multiplicación del género literario de autoayuda, y los increíbles índices de ventas que alcanzan ofrecen un indicador. La búsqueda de algo más es un hecho ubicuo y afecta a muchos.

En términos materiales, nos encontramos en una sociedad de la satisfacción. Nuestros sentidos pueden ser estimulados variadamente por las distintas mercancías que ofrecen las industrias: de la alimenticia a la cinematográfica, pasando por toda clase de productos. Por otra parte, necesariamente nos sumergimos en una cultura de la insatisfacción bombardeados por las mismas industrias del consumo, con sus íconos y utopías desmesuradas. Es que, para subsistir, las industrias del consumo precisan de un arsenal publicístico que se alimenta de atacar los puntos débiles de nuestra psique. Se nos inculca una utopía en el sentido más propio de la palabra: algo que no existe en ningún lugar. El ideal de una felicidad perpetua rodeado de aquellos objetos que debemos poseer para ser felices. El ideal de cuerpos tallados en mármol con líneas apolíneas y con patrones exactos que deben repetir todos. El Lecho de Procusto del cuerpo perfecto. El ideal de una personalidad cautivante que nos atraerá el beneplácito y la admiración de todos. El ideal de una libertad absoluta, que no está cercenada por ningún compromiso ni atadura. Un horizonte, una posibilidad abierta y absoluta. Una vida de rocanrol, o de atleta deportivo de elite, de los que ganan millones mientras disfrutan hasta la saciedad de que les paguen por hacer aquello que mejor saben y disfrutan hacer. Una representación de la existencia en la que seremos adolescentes perpetuos y en la que una de las peores desgracias es envejecer. Parece que cualquier cosa sería preferible antes que ser pobre, feo, gordo o viejo. Una salvaje utopía de consumo perpetuo, belleza y juventud eterna.

Si la primera parte del diagnóstico viene de afuera hacia adentro, la segunda parte sigue el camino inverso. Se nos ha atosigado, dijimos, con una representación de la vida que, en términos prácticos, queda completamente fuera del alcance de todos. Y digo todos, porque incluso la felicidad irredempta de los ricos y famosos que admiran los adeptos a los media es también una ilusión inventada por la publicidad. Esto lo saben bien los lectores de tabloides y revistas del corazón, y las audiencias de los programas que se ocupan de la vida privada de los famosos. No queremos negar que el bienestar material y el reconocimiento social aporten a una existencia más plena y feliz. (De hecho existe una sobradamente probada correlación positiva entre incremento de bienes y del bienestar; pero la curva se aplana apenas sobrepasado el umbral de las necesidades básicas: la utilidad marginal de los bienes por encima del nivel de consumo elemental cae en picada). Simplemente tomemos nota de los mensajes que nos envían cotidianamente los funcionarios de la opinión pública, y que calan profundo en las representaciones sociales de los individuos. Este conjunto de ideales altamente exigentes choca de frente con las pautas de formación y educación que han comenzado a imperar en las sociedades occidentales durante el pasado siglo. Nos referimos a unos procedimientos de formación y educación que han creado personalidades con caracteres menos resistentes a las vicisitudes de la realidad y, por la misma razón, menos aptos para aproximarse a estos ideales omnipresentes. Para decirlo mal y pronto, nos han elevado el techo pero no nos han entrenado para subir escaleras. Aún más, deberíamos cuestionarnos si realmente ese techo es lo que vale la pena alcanzar, o deberíamos empezar la prolongada tarea de construir los ideales que mejor se adapten a nosotros mismos, dando verdadero sentido a nuestra vida.

Cuando los ideales que nos proponemos, o que nos imponen, son difíciles de alcanzar, necesitamos una tenacidad acerada, paciencia, coraje, audacia y tolerancia a las frustraciones inevitables que toda empresa implica. Nombro solamente algunas cualidades o virtudes que me parecen importantes. Existen otras: creatividad, imaginación, talento, etc. Nuestra sociedad está fracasando en parte a la hora de crear y fomentar algunas de estas virtudes. Se han asimilado toda clase de rigores y exigencias con el craso autoritarismo. Se han adelgazado, en nuestra modernidad, las retóricas del esfuerzo y la superación, y han sido reemplazadas por el imperio del practicismo y la satisfacción inmediata. De más está decir que la capacidad de postergar las recompensas es crucial a la hora de desarrollar cualquier proyecto de cierta envergadura. Toda empresa importante que encaremos implicará distraernos de otras cosas que podrían satisfacernos en lo inmediato, pero sin aportar a nuestro crecimiento personal. (De hecho, existen experimentos, por ejemplo los llevados a cabo por el psicólogo social Walter Mischel con niños, que muestran la capacidad de dilatar recompensas como un importante predictor del éxito futuro). El hecho de suponer que cualquier tipo de exigencias y rigores equivalen a autoritarismo es un error que deberíamos aprender a superar. Correctamente, toda una serie de corrientes y escuelas pedagógicas se opusieron, en el último siglo, a modelos arcaicos de educación, basados en ideas equivocadas respecto a la autoridad y al respeto debido a las mismas. Desgraciadamente, todavía no hemos podido dar con una alternativa razonable. El valor de la educación en general ha sido degradado, y sólo parece necesario enseñar aquello que es “útil para el mercado laboral”. Por mi parte, aún sigo tratando de entender qué puede significar semejante cosa, pero supongo que quienes sostienen estas ideas deben tener una representación más precisa… Siempre me ha llamado la atención la inevitable pregunta que muchos alumnos me han hecho en muchas ocasiones distintas: ¿Para qué me sirve todo esto? Dado que es difícil poner un valor de mercado a ideas filosóficas y literarias, nunca he tenido una respuesta suficientemente buena para eso.

En términos históricos, las generaciones que han venido al mundo desde la segunda mitad del siglo XX han crecido dentro de una burbuja de orden y relativo progreso (en términos generales y estadísticos). Generaciones que tuvieron a disposición antibióticos, vacunas, analgésicos, abrigos y aclimatadores, educación pública accesible, acceso a nutrientes de alto valor y variedad, acceso a bienes culturales, relativa seguridad contra la violencia, etc. Es claro que hablo en términos estadísticos y que debemos matizar (en muchos vaivenes políticos como los que ha sufrido nuestro país, por ejemplo, no podemos hablar de “relativa seguridad contra la violencia”, que llegó a ser ejercida por el propio Estado en muchos casos). Para muchos de los que estamos vivos hoy por hoy, parece perfectamente natural abrir un grifo para obtener agua, una llave para obtener gas natural, luz eléctrica, y muchas otras cosas. Pero nuestros abuelos y bisabuelos vivos saben que no es así, y los libros de historia nos instruyen al respecto. La economía mundial de la segunda posguerra ha podido ser denominada por Eric Hobsbawm la Edad de Oro. Es la época en que, por ejemplo, nuestros padres o abuelos podían acceder a un trabajo muy jóvenes y hacer carrera en él hasta la jubilación. Una época de estabilidad laboral, sindicatos, obras sociales, vacaciones pagas, etc. La edad de oro pareció concretar la promesa de orden y progreso, social, científico y técnico que vislumbró el pensamiento iluminista siglos antes. Las horribles guerras y matanzas sucedidas durante la etapa previa comenzaron a minar la confianza en el progreso moral, pero aún quedaba margen para algún optimismo. Parece haber cierto consenso en que todo este utopismo estalló en pedazos aproximadamente en la primera mitad de la década del ’70 del siglo pasado y finalmente en 1989. Las periodizaciones e interpretaciones históricas son polémicas, pero parece claro que nuestro mundo es y será distinto al de nuestros padres. Ya no hay pleno empleo, ni estabilidad laboral, pero sí velocidad global y mercantil. Es un mundo mucho más inestable, y nuestra educación proviene de unas ideas cocinadas en la burbuja ordenada de la Era Dorada.

Incertidumbre y clasicismo

No es la primera, ni quizá la última, etapa de situación socialmente incierta. De hecho ha sido el estado casi natural de la historia humana. Han existido incluso épocas de mayor volatilidad e incertidumbre, y en ellas se ha construido un ideal que nos gustaría rescatar: el hombre clásico (de más está decir que cuando aquí digo “hombre” utilizo el término en sentido específico, es decir: incluyo tanto a hombres como mujeres). El paradigma, en este sentido, sería el hombre renacentista, enfrentado a un mundo incierto, en el que debe actuar sin mayores certidumbres, y que cultiva la afición a los clásicos como forma de ejercitar la inteligencia. Es, también, lo que Ortega denominaba el ideal de una vida noble: una vida de esencial entrenamiento y servidumbre a valores e ideas elevadas. Y, quizá también, la idea de un carácter estoico, que no permite al destino avasallar su dignidad. Por supuesto, todo esto hay que situarlo a distancia de un ideal “serio” de la vida. Un hombre clásico debería poder cultivar sus virtudes sin perder mundanidad y sentido del humor (sería de esperar más bien lo contrario).

Conclusiones parciales

Hemos hecho un pequeño diagnóstico del malestar cultural que se vive, y hemos esbozado brevemente la idea de una salida: cultivar cierta forma de vida al estilo clásico. A los ideales que consideramos equivocados deberíamos oponer, previa búsqueda y reflexión, aquellos que consideramos correctos. En lo personal, creo que nuestra agenda, digitada por los medios, está poblada por preocupaciones demasiado vanas como la imagen física, la edad, la riqueza ostentable y el poder. Nadie desea negar que un buen aspecto y la riqueza material puedan ser deseables, pero parece un poco patético convertirlos en monomanía, al menos desde un punto de vista distinto al imperante. Cuáles sean los ideales que deberían perseguirse es una pregunta a hacerse de sí a sí. Pero, dado nuestro mundo actual, con su impredecibilidad y su profusión de oportunidades, creo que un hombre (y una mujer) clásicos cultivarían algunas de estas virtudes:

  • Mentalidad flexible.
  • Valores nobles.
  • Carácter robusto.
  • Sensibilidad artística.
  • Fortaleza física.

Una mentalidad flexible requiere el aprendizaje de muchas destrezas y disciplinas. En cierta forma, se opone al especialista bárbaro, que sólo conoce su quinta. Requiere construir ideas útiles, y eludir la tendencia innata de los seres humanos a tomar verdades en términos absolutos, y sólo mirar a los hechos que confirman nuestras opiniones. Se construye, según creo, mediante una combinación de escepticismo, creatividad, rigor y realismo intenso. Los valores nobles tienen más que ver con el crecimiento intelectual y moral, la apertura a los demás y, en general con la elevación hacia una forma de vida superior. Es una estética de la vida. El carácter robusto se mide en la capacidad de hacer frente a los avatares de la vida, y al factor más importante y fuera de nuestro control: el azar. Por último, creo que, allende cualquier hedonismo del cuerpo perfecto, es importante cultivar las virtudes de un cuerpo entrenado. En cualquier caso, todas estas virtudes tienden, según creo, a incrementar la fortaleza de nuestra personalidad.

Dejo una discusión más detallada de cada uno de estos aspectos para una próxima entrega.

2 comentarios:

Irina dijo...

La extrema racionalidad de las nuevas generaciones ante un mundo donde lo que menos imperan son las certezas y criterios únicos, nos llevan a concluir que estamos ante una crisis de la felicidad como modelo. Poco a poco se retoma la idea de combinar la razón con el ensueño y, valga el recordatorio, hacerle un poco de justicia a Gastón Bacherlard...

Maxi Paesani dijo...

Comparto la idea de combinar razón y ensueño. Lo de Bachelard merece una discusión de grano fino que me encantaría proseguir por este medio (o cualquier otro...) Muchas gracias por el comentario.