lunes 21 de marzo de 2011

Tres Argentinas

Lamento empezar muchas de mis intervenciones en clave autorreferencial. Estuve pensando un rato en una manera más noble de comenzar, pero no se me ocurrió mucho. Igual, terminé persuadiéndome de que no era tan desubicado. Al final, más que hablar del mundo me voy a detener en el reflejo que me producen sus irradiaciones, de las cuales tiendo a escurrirme cada vez más.

Decía Friedrich Nietzsche, a quién nunca entendí demasiado de todos modos, que ciertos libros se leen diciendo enfáticamente que sí, mientras que otros se leen diciendo que no. Con respecto a los libros sigue siendo cierto. En lo que compete, por otro lado, al material impreso que llamamos prensa, y a los medios de comunicación en general, me ocurre que digo no, y más no, casi todo el tiempo. O, pensándolo mejor, creo que ni siquiera es un decir “no”. Es algo menos lingüístico, pero no por ello menos intenso, sino más bien lo contrario: una sensación de incomodidad permanente. Como cuando alguien que queremos dice algo vergonzante en público y no podemos defenderlos ni protegerlos sin acentuar el efecto negativo. Una colega que tenía, y a la que estimaba, dijo una vez en una reunión y a voz cantante: “Todos los que generalizan son estúpidos” (juro que no me estoy inventando la anécdota). Me quedé en silencio un par de segundos, y luego pregunté algo intrascendente sobre el laburo. Creo que nadie se dio cuenta, y pensé que quizá la sensibilidad a los bucles lógicos es una cuestión de deformación profesional. En fin, volviendo al principio, la sensación de incomodidad.

Estar en permanente deja vu y con la impresión de ser el batracio de otro charco. Me juro a mí mismo que no es por snobismo, pero quién sabe. Lo cierto es que desde hace mucho los diarios (que leo dosificadamente y bajo estricta prescripción médica entre una y dos veces al mes, luego de lavarme bien las manos y ponerme alcohol en gel…) hablan de unos países llamados Argentina. Se parecen en algunos aspectos al lugar donde yo vivo, pero definitivamente no son el lugar donde yo vivo. Uno de esos países está gobernado por una mafia perversa que alimenta un aluvión zoológico de vagos irredemptos a los fines de llenarse los bolsillos a rabiar, mientras destinan una parte significativa de su tiempo en maquinar más y mejores formas de perjudicar a la gente bien que va a sus trabajos a diario y no se mete en política, que después de todo es una mugre. El otro país, en cambio, ha sido bendecido con un gobierno que, luego de muchos años, ha dado con un proyecto colectivo viable, que ha conseguido avanzar de manera sustantiva en la solución de muchos de sus males, que ha enfrentado a los grupos de poder más concentrados y reaccionarios de la sociedad, y que ha traído al pueblo una pequeña primavera luego del invierno neoliberal. Seguramente, si debiera emigrar, preferiría irme a ésta última Argentina, aunque la Argentina en la que vivo no está del todo mal si la comparamos con la primera.

Si tuviera que resolver todo esto en una caracterización, que siempre es reduccionista, me inventaría una serie de personajes. Dada la apoteosis de la fábula que nos rodea, porque no aportar un granito de arena propio a la confusión general. Una serie de personajes serían los Catástrofos, que son bastante feos y propensos al púlpito, y es probable que vistan de modo más gris. Los Apológidos son un poco más divertidos, pero tienen tendencia a la repetición y a la unidimensionalidad. Parecen sacados de planilandia, donde un cuadrilátero, visto de frente, parece una recta. Tanto los catástrofos como los apológidos comparten este rasgo. Aunque los catástrofos, divididos en clanes desde hace tiempo, se reparten en el espacio de la unidimensionalidad, viendo más perspectivas en conjunto, aunque no por separado. Yo, en este universo, siento particular cariño por la raza de los Perpléjidos, noble estirpe que siempre ha conseguido huir de sus archienemigos los Dogmátridas. Les resulta sencillo, pues ésta última especie es notablemente sensible a la escucha de sus canciones favoritas. Cuando un perpléjido se encuentra en peligro le basta con recitar alguna de ellas y consigue escapar. Los dogmátridas son más fáciles de identificar, y se encuentran en todos lados. Sensibles a las canciones que les cantan en su ámbito territorial suelen desconocer su origen común con otros dogmátridas, que entonan de otra manera. El enfrentamiento entre dos de ellos suele ser particularmente sangriento. Uno puede encontrar uno que otro perpléjido entre los catástrofos o los apológidos, y se los identifica por su timidez a la hora de opinar. Pero por lo general es una criatura más o menos solitaria y reservada. Un dogmátrida es identificable con mucha facilidad, especialmente por ciertas posturas corporales y lingüísticas, en particular el volumen de voz y la ausencia de expresiones relativizadoras. Como es obvio, son el cuerpo central de las legiones de catástrofos y apológidos. Por suerte, éstos últimos habitan, respectivamente, en universos paralelos. En algunos templos la oración principal reza porque ninguna deriva continental produzca un solapamiento de ambos territorios, vista hecha de la ferocidad de sus habitantes.

Un perpléjido tiene varios problemas, como por ejemplo elegir entre cuales dogmátridas serán menos dañinos en el futuro si les toca regir. Un gran inconveniente es que no dispone de elementos suficientes, estando las usinas de información celosamente vigiladas por los dogmátridas. Un perpléjido consecuente llevará una adecuada dieta de “opinología pública”, observando la calle y ciertos registros arcanos con datos más o menos significativos. Debe ser particularmente cauteloso en la comunicación de sus resultados, para no quedar en la mira de los dogmátridas, tanto catástrofos como apológidos, que lo reconocerán inmediatamente y le aplicarán todo su arsenal, discursivo y no tanto.

Dejando los cuentitos de lado, he estado debatiendo en público, después de unas largas y deliciosas vacaciones. Me impresiona cómo cada vez hay más y más dogmátridas de toda laya. Y como se han impuesto unos mecanismos de falaciosidad creciente a medida que pasa el tiempo. Estamos en una cultura de la edición. De la edición impiadosa y no caritativa. Voy a aclarar un poco los términos. Existe un principio, de uso corriente en el lenguaje común y en otro tipo de manifestaciones semióticas, denominado principio de caridad interpretativa: uno debe suponer que una emisión, por parte de un agente al que se considera razonable, tiene un sentido coherente, al que debemos interpretar de la mejor manera posible. No es una recomendación moralista de gente bien criada. Como es sabido por quienes se dedican al tema, es un requisito indispensable de cualquier interacción comunicativa eficiente. También existe un contexto. Se puede hacer decir casi cualquier cosa a cualquier persona, si uno registra una cantidad suficiente de sus expresiones, se las edita, y no se les aplica el principio de caridad interpretativa.

Un amigo me mandó hace un tiempo atrás un video editorial de Jorge Lanata en el cual decía, en cierta parte, que estaba cansado del uso de la dictadura militar como tópico en algunos debates políticos. Decía, literalmente, en un momento: “Me tienen harto con la dictadura”. Los editores de programas de televisión basados en el archivo lo utilizaron para dejarlo pegado a Videla. Si uno mira el video completo se da cuenta inmediatamente, sin necesidad de estar muy versado en semiótica audiovisual, de lo tramposo de la maniobra. No me interesa defender a Lanata, que lo hará por sí mismo, o no. Es sólo a título ilustrativo, y cualquiera puede ver que eso se hace, y mucho.

En particular me irrita una maniobra retórico-discursiva que se repite muchísimo. Cuando uno debate con ciertas personas (dogmátridas, supongo…), si uno se opone a lo que dicen entonces queda sometido a la siguiente ecuación: estar-en-desacuerdo-con-esto = estás-a-favor-de-clarín = te-gusta-la-dictadura = sos-un-Videla. Vale lo mismo que estar de acuerdo, entonces te compró el oficialismo, etc. La maniobra de utilizar la dictadura como un escudo discursivo y como mecanismo de exclusión del discurso me parece especialmente miserable, pues tiende a trivializar todo el espanto que ha sufrido nuestro país. Abstracción hecha, además, de lo improcedente desde el punto de vista puramente argumentativo en la mayoría de los casos. Mi humilde opinión es la de alguien que desde hace mucho tiempo ya sabe que la dictadura es de lo peor que nos ha pasado, y que nadie quiere repetir. No necesito que los nuevos mandarines, ni los rebelditos de la facultad me recuerden algo que ya mi vieja me enseñó pilas de años antes, y que mi educación posterior no ha dejado de reafirmar.

También he debatido recientemente sobre la pertinencia o no de ciertas opiniones. A algunos de mis amigos, alumnos y colegas les disgustan las opiniones de otro colega, que son bastante heterodoxas para el lugar en que se expresan. He hablado a favor del, para mí, cuasi religioso imperativo de respetar el derecho a cualquier opinión, por más irritable y vomitiva que nos parezca. Un gobierno puede ser muy malo, pero que a uno incluso le falte el derecho a decirlo y quejarse ya es lisa y llanamente insoportable. Es para mí una de las libertades más básicas y fundamentales. Dicho pronto y claro, he abogado por la tolerancia. Mis alumnos han detectado una efectiva contradicción en mí. Cuando un muchacho sostuvo que ciertas ideas son peligrosas (refiriéndose a mi poco ortodoxo colega), yo salté de mi silla, colorado de la furia y, probablemente, con los ojos inyectos en sangre (no puedo saberlo porque no me veía a mí mismo). Repliqué que anatematizar ciertas ideas como peligrosas es lo que hacía la dictadura militar, sobre la cual estaban discutiendo, y el evento siguiente involucraba un Ford Falcon verde con las consecuencias que ya sabemos. Agregaría hoy, un poco más tranquilo, que la misma operación es propia de la inquisición y de distintas policías políticas a lo largo de la historia. Un tipo de prácticas de las que señalaba Bernard Henri-Levy, consisten básicamente en convertir la política en clínica. Se señala el síntoma de una enfermedad (la idea peligrosa e infecciosa), del cáncer, y se urge a extirparlo. Es una operación elemental en el repertorio básico de la práctica autoritaria. Tienen razón los que me señalan que he sido intolerante en la forma, al expresar mis ideas con demasiada pasión y desenfoco. Me retracto en lo que respecta a la forma, mas no en lo que toca al fondo. Claro que la cuestión de la forma es importante, también, en la práctica de la tolerancia. La próxima vez voy a dar menos puñetazos en la mesa, pero voy a seguir defendiendo la libertad de expresión. Es una de las cosas que nos diferencian de los nazis: ellos no te dejan hablar libremente.

Volviendo al registro autorreferencial, si es que lo abandoné en algún momento, diría que un realista de tradición maquiavélica, como yo, no se hace muchas ilusiones con respecto a las conceptualizaciones procedimentales de la democracia. Y sin embargo creo que, en lo procedimental, el momento deliberativo no deja de ser importante, aunque no tan directamente como supone cierto neokantismo iluso. Pero si en cierta forma indirecta y tortuosa. La idea regulativa de deliberación, y de una democracia deliberativa, impone ciertas constricciones a la persecución del rédito individual y de la lógica de facción, y civiliza un poco la dinámica política. Como decía Bourdieu, es pura necedad posmoderna atacar ese pequeño y difícil esbozo de racionalidad que emerge de tantas luchas, intereses y motivos no confesables en conflicto. Conseguir alguna que otra pequeña victoria en este ámbito implica, según mi parecer, ser un poco más perpléjido y menos dogmátrido, menos partidista y más tolerante. Igual se puede seguir adhiriendo al proyecto preferido, y abrirse a la posibilidad de expandirlo, modificándolo según convenga. Y, al final de cuentas, la diferencia de opinión es el medio de la democracia. La perspectiva del otro puede complementar un cuadro más exhaustivo de lo real.

En mis momentos de muy borgeano anarquismo spenceriano me siento más perpléjido que nunca. Y aunque no puedo dejar de carcajearme con el aforismo del ciego poeta que homologa la democracia con un abuso de la estadística, siempre termino recordando el dicho atribuido a Churchill: la democracia es el peor de los gobiernos inventados hasta ahora, excepto por todos los demás.