domingo 24 de julio de 2011

Nenas de mamá, pero buenas

Quizá si no estuviera enclaustrado hoy en mi cíclica posición de extranjero, de extraño, de sapo de otro pozo, no sería tan sensible a ciertas menudencias del entorno. La confitería es la confitería del hotel cheto en una ciudad golpeada. Golpeada por gobiernos pésimos, y otros un poco menos peores. La confitería es la confitería del hotel cheto frente a la plaza, como en tantas ciudades chicas que conozco. Por lo general me gusta la confitería del hotel cheto de frente a la plaza de la ciudad (que no es una, sino varias) que suelo visitar. Más grande la ciudad, más opciones chetas frente a la plaza. Y yo, poligrillo docente de módicas opciones, suelo dilapidar algunos de mis solteriles recursos en las confiterías chetas de frente a las plazas. Ya lo vengo haciendo desde hace varios años y en varias ciudades. También me pierdo en algunos tugurios, en especial a la búsqueda de suculencias alimenticias más o menos populares. Pero a esta altura de mi vida, después de circular por muchos ámbitos en los que la monomanía discursiva es la política, me abstengo de dar contenido político a mis sentadas en cantinas varias, sean chetas o populares. Las declaraciones políticas, las pocas veces que ahora se me da por el exabrupto, las cometo a voz cantante y sin tapujos.


Las veo despedirse, y el beso es curioso. Los muchachos son morochos, de corpulencia trabajadora. Las chicas son delicadas y un par de ellas no están para nada mal. El beso es curioso, porque está dado con la mejor intención, pero a la mirada atenta no se le escapa la falta de cercanía habitual en el gesto. Tratando de descifrar un texto difícil, en una traducción muy poco diestra, los momentos de distracción se multiplican y la atención se dispara, quiérase o no. Y esos disparos de la atención se enfocan como lupa.


Conozco la forma de vestirse de las chicas de clase acomodada con mala conciencia de los recursos de papa y mama. Estuve bastante cerca de varias. De alguna manera suponen que es tarea de ellas, mancilladas por el pecado original de sus privilegios, remediar algunos de los males del mundo y, de paso, escupir en todos aquellos que, como yo, somos escépticos de que, realmente, vayan a hacer algo que produzca una diferencia tangible. Nunca lo digo tan abiertamente como ahora, pero supongo que lo adivinan en mi forma de desenvolverme.


Confesarse en público es de muy mal gusto, y el registro autorreferencial es sintomático de un deleznable narcicismo. Pero como hijo de una madre empleada pública cuasi soltera, por desaparición casi completa del padre en cuestión, me siento hijo de la más rala clase trabajadora, aunque no completamente popular ni desprovista, al decir de Bourdieu, de todo capital cultural. Quizá por eso no necesito disfrazarme ni intentar vanamente desclasarme para poder vivir tranquilo conmigo mismo. Mis solidaridades políticas con los más desfavorecidos no precisan de señalizaciones de ninguna clase (en particular de lo que algunos científicos sociales conceptualizan como señalización fácil). Tampoco requieren incurrir en la demagogia demasiado sencilla de reivindicar como automáticamente bueno todo lo popular.


Basta de biografía barata. Volvamos a la confitería. Los muchachos hablan con las chicas, a quienes relatan experiencias de autogestión, organización social y popular, piquetes, y otras cosas interesantes. Las chicas contestan. Pero el tono de voz es plástico. Simpático pero condescendiente. Preguntan y afectan tono amistoso, pero la voz indica estado contemplativo. Pienso que quizá estoy dejándome llevar por las relecturas que me tocan estos días. Bourdieu habla de la disposición escolástica a abandonar la lógica de la práctica, la de los muchachos intentando sobrevivir en una ciudad devastada por las malas políticas, a favor de una lógica escolástica, la lógica de los que se dedican amablemente a juegos hipotéticos, al lúdico baraje de ideas, a la actitud contemplativa. También nos recuerda el sociólogo francés a Jean-Paul Sartre poniendo una conciencia de filósofo en la consciencia de camarero. Heidegger, menos afecto a las declaraciones políticas así de directas (exceptuando afiliaciones a partidos que no nombraré por pudor) hablaba del martillo que comprendemos correctamente al martillar, y la consideración defectiva que implica la absorta mirada contemplativa sobre el objeto, ahora inerte. El martillo que contemplamos cuando ya no nos sirve. Bourdieu apenas si habla de esto (de todos modos, sus cuentas ya arregló en su ontología política de Martin Heidegger). Sartre, rebobinando un poco, nos dice del camarero que en cualquier momento puede sacarse el delantal y recuperar su libertad. Y Bourdieu, correctamente, más por epistemología que por fácil crítica política, nos dice, se mofa de todo ello. Siguiendo a Pascal, la verdadera filosofía se mofa de la filosofía. Y como las meditaciones pascalianas de Bourdieu están de moda por estas horas en mi vida (algunas ideas tenía que exponer en un curso que di, completamente olvidable, por otra parte…) supongo que a eso hay que atribuir algunos de mis sesgos perceptivos.


Ah, cierto… Las chicas y los muchachos. Para las chicas será un tema de tesis en una facultad donde muchas chicas deben vestir como ellas, y, probablemente, salgan de la misma clase media cheta que va a confiterías chetas de hoteles chetos frente a la plaza como esos a los que voy yo en los tiempos suspendidos que me impone un trabajo que me impone tiempos muertos para poder ganarme la vida.

Eso por ser benévolo. No quiero ni pensar en la peor opción. La que tiene que ver con operarios que, bajo el entendido, muy comprensible y encomiable, de mejorar la vida de todos aquellos inmersos en la lógica de la práctica en la que hay que sobrevivir, dicen cómo, a quién y cuándo hay que asignarles unos pocos pesos estatales, bastante por debajo de los pesos que quedan en los bolsillos de quienes dicen a quién, cómo y cuándo.


Pienso en las reflexiones de muchos autores acerca de lo que es ciencia y pseudociencia. En la lectura que hice hoy, obligadamente por mi trabajo y a regañadientes, de miles de datos y jerga pesada, a los meros fines de justificar políticas de estado que más bien obedecen al designio de un burócrata. En la legión de escritores de libros nuevos, curriculistas, intermediarios, capacitadores, editores y bla bla. Cantidades de recursos y tiempo asignados a la entelequia de que la acción intencional puede romper males estructurales y decenios y centenios de inercia institucional. Habiendo tanta cosa interesante por leer…


Puedo leer en las chicas su bienintencionado acercamiento. Puedo leer en su tono de voz, postura corporal, beso incómodo, y desconocimiento de las coordenadas del espacio social en el que aterrizaron, la perpetuación de la distancia que conscientemente desearían borrar, y que inconscientemente vuelven a trazar. El largo y oscuro brazo del clientelismo opera de formas misteriosas para el mundo público y general. Espero para mitigar mi propia decepción que sólo vengan a tomar registros para contar un cuentito cándido y acreditar su paso por la academia, haciéndonos, de pasada, saber lo buenas que son, como quién mata dos pájaros de un tiro. Todo sea dicho de una vez, hay mucha gente en la academia muy apurada por hacernos saber lo buenos que son, dejando muy claro que están comprometidos con todas las causas correctas de nuestra época, para vergüenza de los cínicos y escépticos, como este humilde servidor, cuya adhesión a causas buenas, de tenerlas, nunca intentará espetarlas abiertamente al público general. Como diría mi abuelita, hablar bien de uno mismo es de muy mal gusto.